Actualmente, es muy común escuchar a las madres hablar sobre el apego. Sin embargo, la popularidad de este término podría transformarlo en un concepto de moda, poniendo en segundo lugar la verdadera importancia que tiene en el desarrollo de un niño sano.

Entonces, ¿qué es?

El apego es la relación afectiva que existe entre el infante y su cuidador principal. Generalmente, esta figura es representada por la madre o el padre, pero también puede ser personificada por algún adulto significativo, como una abuela, tía, etc. El apego es un sistema de regulación biológico, psicológico, físico y social, que permite al niño vivir y desarrollarse.

La construcción del apego se basará en una relación de confianza donde el infante se refugiará en su cuidador y, donde este adulto significativo, responderá y devolverá la tranquilidad perdida en momentos de estrés (tanto físico como emocional). Por ejemplo, si el bebé llora porque tiene hambre, dolor, frío; o por miedo, rabia, etc., será a través de la sensibilidad y contingencia en su respuesta, que el niño podrá recuperar el estado de calma y tranquilidad. Por lo que resulta fundamental la percepción de seguridad y disponibilidad que tiene el niño respecto a su cuidador en esos momentos de estrés.

De acuerdo a M. Fernanda Flores, psicóloga infanto-juvenil de Clínica Dávila, una de las aristas más importantes del apego es la calidad del cuidado que establezca la guagua con su cuidador principal, ya que esto va a influir en la confianza que desarrolla el niño en el mundo y, por ende, en la en la forma en que éste se relacionará afectivamente con otros en el futuro.

Calidad del apego

La forma en el que el cuidador comprende e interpreta las señales de estrés del niño, va a depender de su sensibilidad y contingencia para responder a estas conductas. “Hay ocasiones que esta regulación no es de manera contingente o no provee la estabilidad que requiere el niño, generando distintos patrones de relación o estilos de apego”, señala la psicóloga.

De acuerdo a las investigaciones existentes, se ha descubierto que existen cuatro estilos que tienen los niños para vincularse con sus cuidadores de acuerdo a cómo estos han reaccionado en momentos de estrés.

Estilos de apego

  1. Estilo seguro: existe una relación donde el cuidador logra regular el estrés del infante, lo vuelve a la calma y el niño es capaz de expresar abiertamente su malestar y de buscar de forma directa la regulación con sus cuidadores. Cuando ya se encuentra tranquilo, es curioso y capaz de explorar el ambiente.

Sin embargo, cuando el niño no tiene la certeza de si en momentos de estrés el cuidador va a estar disponible, puede desplegar otro tipo de conductas, como por ejemplo:

  1. Estilo inseguro/ambivalente: El cuidador no es consistente en su respuesta en momentos de estrés del niño (a veces responde y otras veces no), por lo que no tiene la seguridad de que su cuidador estará disponible cuando lo necesite. Por lo tanto, el niño debe incrementar su emocionalidad negativa como una forma de aferrarse a su cuidador, quién le resulta impredecible. Usualmente, se manifiesta en pataletas exacerbadas, rabia y frustración incluso cuando el adulto intenta calmarlo.

 

  1. Estilo inseguro/evitante: Patrón de relación en el cual el cuidador se incomoda frente a las demandas físicas y emocionales del niño o sus expresiones de estrés, por lo que reaccionan con indiferencia o con disgusto. Por lo que el niño aprende a inhibir la expresión de malestar y en momentos de estrés, suele buscar formas de calmarse solo, parecer sobreadaptado o excesivamente controlado.

 

  1. Estilo desorganizado: el niño no ha aprendido a desarrollar una forma estable y predecible para vincularse con sus cuidadores. Ya sea, por ejemplo, porque presentan conductas inadecuadas en momentos de estrés del niño o porque los atemorizan. Los cuidadores que son las figuras que deberían calmar, contener y proteger al niño, resultan ser la fuente principal de estrés, generándoles miedo y confusión.

Siempre existe esperanza

Si bien el tipo de apego puede definir la manera en que nos relacionemos con otros, no necesariamente es determinante. Esto no significa que los estilos sean inmodificables o que la seguridad emocional no pueda cambiar durante la vida.

La psicóloga Flores explica que, aunque durante los primeros años el niño no haya experimentado seguridad y estabilidad en el cuidado, sí es posible que más tarde encuentre otra figura en su vida que responda adecuadamente a su proximidad, que se encuentre física y emocionalmente disponible, que lo proteja y lo regule en momentos de estrés, devolviendo la sensación de seguridad, coherencia y predictibilidad que todos necesitamos.