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Trasplante hepático

El hígado regula los niveles sanguíneos de la mayoría de los compuestos químicos y excreta un producto llamado bilis, que ayuda a eliminar los productos de desecho del hígado. Toda la sangre que sale del estómago y los intestinos pasa a través del hígado. El hígado procesa esta sangre y descompone los nutrientes y drogas en formas más fáciles de usar por el resto del cuerpo.

La selección del momento para llevar a cabo la intervención es fundamental. Debe realizarse cuando la enfermedad hepática está avanzada y se han agotado las posibilidades de que se estabilice o cure espontáneamente o con tratamiento médico, pero cuanto mejor sea la situación del enfermo antes del trasplante, mayores serán las posibilidades de éxito.

En los niños, la principal indicación de trasplante hepático es la atresia biliar, que es una enfermedad hepática congénita en la que el hígado no ha desarrollado conductos para canalizar la bilis producida en su interior. Otras indicaciones son trastornos hereditarios del metabolismo hepático de distintas sustancias, hepatitis del recién nacido, hepatitis postransfusional del niño hemofílico, etc.

En los adultos, el trasplante hepático debe considerarse en: Pacientes con falla de la función hepática de forma crónica de cualquier causa (cirrosis en estado terminal por virus, alcohol, ...) que hayan tenido al menos una complicación grave o una limitación importante que afecte su calidad de vida; pacientes con falla funcional hepática de forma aguda grave que cursen con alteración cerebral importante; y enfermos con tumores originados en el propio hígado que no se puedan extirpar.

Se puede hablar de dos tipos de contraindicaciones: absolutas y relativas. Dentro de las contraindicaciones absolutas están enfermedades del resto del organismo que amenacen la vida del paciente como, por ejemplo, una diabetes en fase terminal; también hacen desestimar la realización de un trasplante hepático de forma absoluta infecciones no controladas, enfermedades preexistentes pulmonares o cardiovasculares graves, tumores malignos diseminados, abuso actual de alcohol y/o drogas y la infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), responsable del SIDA.

Son contraindicaciones relativas, es decir, por sí solas no contraindican el trasplante, la edad por encima de 60 años, la hepatitis B en replicación activa, la trombosis de la vena porta, una enfermedad del riñón previa a la enfermedad hepática, la infección del hígado y cualquier trastorno psiquiátrico grave no controlado.

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